SEBASTIÁN JORGI- BONJOUR, SIMONE
BONJOUR, SIMONE
Bonjour, Simone. Usted no sabe, mucho menos habrá imaginado en los años Sesenta, cuánta
atención deparó en nosotros,los estudiantes de Filo o los noctámbulos de la calle Corrientes
de Buenos Aires. Y ni qué hablar de las muchachas, quienes después de leer La mujer rota se
sintieron identificadas hasta la emoción más íntima. Decirle ahora, que ha pasado el tiempo y
que fui testigo de aquellas adhesiones, esa empatía que usted produjo en los estudiantes y en
los que no lo éramos tanto – como yo, un diletante corrido a la izquierda -. Ha pasado el tiempo
y sin embargo, no ha pasado usted de moda para las nuevas generaciones, más allá de afectos
feministas, de banderías oportunistas. En este momento estoy con Natalia, comentando su libro
El segundo sexo. Estamos en el barrio de Belgrano, en un café llamado Manhattan y ella, de
apenas treinta años, me ha sacado el tema del Ser y la Nada, de Jean Paul Sartre y el viaje nos
resulta interminable, comentamos las traiciones de Maurice en esa relación donde la mujer está
como rota, partida en dos para siempre.
¡Qué habrá sido de ella? Claro, no hay más que retomar la lectura y lo sabremos. Y si usted
estuviera presente, le diría que su obra tiene una permanencia que ha saltado el siglo XX y
parece haberse instalado en estas mujeres rotas, de una Argentina también rota donde hay
que mantener maridos, trabajar afuera, educar a los hijos, limpiar la casa, hacer las camas,
en fin, todo lo conveniente tradicionalmente a la mujer. Sin Dios a quien acudir…
Usted lo expresa, Simone: “Dios mío, haz que existas. Haz que haya un cielo y un infierno y
me pasearé por los senderos del paraíso…me debes esa revancha Dios mío…” Es lo que
pretendíamos lograr Magalí y yo en aquellos tiempos locos de la Revolución, de lecturas de Franz
Fanon y de Jean Paul, de Gramsci y Henry Miller. Pobre Magalí, me traía las ediciones de tus
libros y nos sentábamos en una de las mesas del café La Paz o de El Foro y dale que dale,
marcando con el lápiz tal o cual frase. Magalí no me amaba, decía quererme como a un amigo,
a un hermano, ésas cosas que suelen decir las mujeres con sinceridad y que a uno, cargado
de libido y de aventura fogosa, lo frustra.Nuestro único e indivisible Dios era la Revolución.
Discutíamos tal o cual posición de los intelectuales y siempre, Simone, estaba usted allí,
compartiendo nuestra mesa, leyéndola y al mismo tiempo, mirar pasar el mundo de los años
Sesenta por la ventana del café.Porque soñar, no costaba nada, usted lo sabe, lo supo cuando iba
a estudiar a la Bibliotecao se paseaba por los jardines de Luxemburgo y se enamoró de Maheu,
pero necesitaba a Sartre.
Pobre Magalí, con su boina marrón y un par de trenzas que la hacían muy jovial, no se imagina
usted, sabía de pe a pa todas las publicaciones y yo la amaba, es decir, quería poseerla, en esa
mezcla de amor y de admiración, de iluminación in situ que nos asalta a los humanos. Si digo, a los
hombres, estaré circunscribiendo a un ámbito de sexos…si bien la cosa por ahí estaba, no del todo.
En fin, usted me entendería. Magalí era estudiosa, tenía adelantada la mitad de la carrera en Filo
–con este apócope nos referíamos a Filosofía y Letras-. Yo la acompañaba como alumno
“oyente” y la cortejaba en lo posible. Aquella noche, la famosísima noche de los bastones largos
en el 66, en medio de la batahola y la saña de la policía antiguerrilla que había estrenado el
General Onganía, logré sacarla de la Facultad llevándola en vilo hasta la puerta y luego hasta un
restorán en las inmediaciones del barrio de Balvanera. Justo enfrente del Hospital Francés, sobre
la calle La Rioja. Ella, sofocada por los gases lacrimógenos, se largó a llorar como una niña y me
conmovió, la abracé y me dio las gracias por mi acción. Entonces le di un beso en la mejilla y otro
en la frente, casi le digo que enjugué sus lágrimas-no juzgue usted por haber sido melodramático-
y ella me respondió con un beso tibio en los labios. Vamos a casa, che, tomaremos café, mamá
debe estar durmiendo ya. Me sentía un héroe, pese a que había experimentado un terror
indescriptible al ver esos bastones y contemplar el cuadro de cómo golpeaban a los estudiantes.
Recuerdo haber visto al profesor de Historia, Pérez Amuchástegui, de corte nacionalista y de cierta
adhesión al régimen fascista, horrorizado ante la ignominia de la policía que no cesaba de
corrernos y de golpear. Fue la antesala del Terror que diez años después, nos “gobernó” al
compás de la persecución y de las desapariciones en masa, de tortura y el asesinato sin
juzgamiento.
Pero mejor, volvamos a aquella época, a mis encuentros con Magalí. Recuerdo que ella
extrajo de El segundo sexo, una reflexión, que anotó en su cuaderno de tapas rojas. "El hombre
proyecta en ella (la mujer) cuanto desea y teme, lo que ama y lo que aborrece. Y si resulta tan
difícil no decir nada de ello es porque el hombre se busca entero en ella, y ella lo es Todo." Y vaya
que sí, Simone, ella lo era todo en esos tiempos para mí, me proyectaba en Magalí de una
forma incondicional. Intercambiábamos no sólo lecturas, sino también ella también soportaba
mis primeros cuentos y yo escuchaba con atención sus poemas. Estos tenían muchas veces el
consentimiento de Alberto Vanasco, entre otros poetas con los que nos reuníamos en La Paz
en torno a la revista Meridiano 70. Yo me lucía con ella, porque la había incorporado al grupo de
escritores y en verdad, deslumbraba con sus escritos, con sus opiniones y sobre todo, con su
belleza. Y así era, como usted lo ha escrito, yo proyectaba en ella todo lo que deseaba en aras
de una realización personal en la literatura y también todo lo que me fastidiaba, todo lo que me
sabía a injusticia social y las “poses” de algunos escritores que se mandaban la parte y se
creían los popes. Usted debió haberlo sufrido con los intelectuales de Francia, rodeada de
Paul Nizan, Malraux y Merleau-Ponty, cada uno con su fama a cuestas. Supe de su sensibilidad
cuando leí Una muerte muy dulce, al referirse a su madre y sobre todo, a su amiga, Zaza. En
su Diario usted escribió, Simone: “Si pudieras estar aquí, Zaza. No puedo soportar que
estés muerta”. Así se debió sentir Magalí al enterarse de su muerte, digo “debió sentir” porque
para el 86 cuando usted falleció, ya hacía nueve largos años que no sabía de ella. La vi por
última vez en una función teatral que daban en El Teatro del Picadero, para el año 77.Amigos
comunes me informaron que ella fue levantada por los milicos. Sin embargo, una muchacha
que había sido compañera en la Facultad de Magalí – me reservo el nombre – me dijo en forma
confidencial que Magalí había logrado huir a Francia. Fue en el tiempo en que ya la Dictadura
se “ablandaba”, a fines del 82. Yo estaba con mi amigo y hermano de toda la vida, Jesucito
Berenguer en el Café La Academia de Callao y Corrientes, cuando vi que una muchacha
me miraba desde otra mesa. La reconocí y nos saludamos, Magalí está en Francia, me dijo
y el corazón latió muy ligero y retumbó. Entre otras cosas me dijo que había conocido a un
argentino, de profesión psicólogo, que cantaba porque era aficionado al tango.Recuerdo que
Magalí me leía sus anotaciones en un cuaderno que siempre portaba, junto con sus libros y
sobre todo, Memorias de una joven formal: “No puedo reconciliarme con la idea de vivir mi
vida sin un objetivo…Sartre me habla como si fuera una niña pequeña, he perdido mi orgullo
y eso significa que lo he perdido todo.” No era el caso entre Magalí y yo, en nuestra relación
el “pequeño” era el que ahora escribe esta misiva, un poco recordándola a usted, Simone
y otro tanto rememorando un tiempo inolvidable que he vivido con esta muchacha,
acaso a la que trato de recuperar al compás de la memoria, de una reconstrucción literaria,
contra el paso del tiempo. Pronto se recordará su Centenario, Simone, no falta mucho,
apenas unos meses, para llegar al 9 de enero, fecha de su nacimiento. ¿Se recordará?
No lo pongo en duda, aunque en estos tiempos veloces, de una posmodernidad
plena de impostaciones y modas, la intelectualidad suele flaquear. No lo creo allá
en Francia, pero aquí en nuestro país…
Y qué habrá sido del Pequeño Bost, con quien mantuvo un idilio en Albertville, usted y Bost
habían salido de la estación Annecy y todo sucedió muy calmadamente, hasta que él la besó
y entonces hicieron el amor. Usted en algún momento habrá cruzado el boulevard du
Montparnasse y se habrá encaminado a la parada de taxis, pensando en el Pequeño Bost
o en esa alumna Sylvie Le Bon, casi una hermana melliza, según se comentaba en el
ambiente universitario, las dos se encontraban en el hotel Rochefoucauld, cerca de la
estación de Ruán.Y si había un entendimiento sexual entre usted y Sylvie, que Lesbos la
recuerde muy bien, como la estoy recordando yo ahora que escribo esta especie de
meta-mensaje, a través del tiempo, como para que uno también pueda retroceder e
imaginársela a usted armando la gran batalla feminista. Será en pleno 1970, ya habrá
pasado el mayo 68 y nuestro Cordobazo del 69 y se repetirá la escena de las visitas de
Claudine Monteil, para mentar el Manifiesto Feminista. Acá apenas teníamos noticias,
nos enterábamos por Magalí, que leía francés a la perfección y rescataba diarios y revistas
de París. Ah…París, quién pudiera acceder al beneficio existencial de estar unos días allá…
todo lo que conozco de allá es por Magalí, que pudo viajar al fin –lo que no me consta- ,
me he enterado por allegados, terceros casi desconocidos que iban a la Facultad de Filosofía
o que solían parar en el Café La Paz. En verdad, compañeras y compañeros de Magalí,
amigas circunstanciales del café o de las sesiones del cine Lorraine.
Y ahora que el tiempo ha pasado y usted ya no puede recibir esta carta, esta especie de
recuento y en un momento en que la melancolía se ha convertido en una cicatriz aún no
del todo cerrada, merced a una amiga escritora, estoy leyendo La invitada. Y cómo no
apiadarse uno de Francisca, asediada por sus amistades y sumida en un vaivén de
indecisiones: "En ese punto extremo de la desdicha, de pronto ya nada tenía importancia.
A causa de Javiera había estado a punto de perder a Pedro y Javiera no le daba a cambio
sino desdén y celos.Apenas reconciliada con Pedro, Javiera había intentado establecer
entre ellos una complicidad solapada de la cual él se defendía a medias. Ese abandono
en que ambos dejaban a Francisca era una desolación total, que ni siquiera quedaba
lugar para la ira ni para las lágrimas. Francisca ya no esperaba nada de Pedro y su
indiferencia ya no la conmovía. Frente a Javiera, sentía con una especie de alegría
levantarse en ella algo negro y amargo que todavía no conocía y que era casi una
liberación: poderoso, libre, floreciendo por fin sin impedimentos, era el odio." Usted no
se imagina, Simone, el grado y la intensidad de la identificación que me acerca a sus
criaturas, a sus retratos y sobre todo, a su sentir…porque yo también me encuentro
situado en "ese punto extremo de la desdicha". No por cuestiones sociales ni el de un
país empecinadamente carcomido por la frustración, sino porque el contexto humano
de pronto huele a podrido, de pronto los que se dicen amigos o que figuran como
parientes, lo devoran a uno de atrás, como bien lo expresa el poeta Cátulo Castillo, "el
amor te devoró de atrás, hasta el riñón." Es que siempre es así, a traición y sin
apercibirte, a sabiendas de un país en el que los valores han sucumbido, en que
la clase dirigente ha matado el amor propio y la autoestima de los argentinos en estos
últimos 30 años. No estamos en los años Sesenta, Simone, época en la que leíamos a
Fanon y a Sartre, a Camus y a Gide, a nuestro Mallea, por nombrarte al más olvidado de los
narradores argentinos.
Mi queridísima amiga, la profesora de Puerto Rico, Inocencia Padilla, enterada de mi predilección
por sus libros, me envió Los mandarines, una de las obras menos mencionadas y quizá, no tan
leídas por la intelectualidad porteña. La traducción es de Silvina Bullrich, novelista no muy apreciada
por esa élite de intelectuales que he mencionado y que, sin embargo, escribía sin freno,
continuadamente, novela tras novela y una vez me confesó que entremezclaba un escrito con otro,
como quien está fumando y agarra un cigarrillo nuevo pese a no haber terminado el que estaba
fumando. Derramaba palabra tras palabra, párrafo tras párrafo, secuencia tras secuencia y página
tras página, en una fluida concatenación de capítulos. Me lo contó en una cena del Pen Club Argentino
– en 1982- en momentos en que los ingleses venían por las Malvinas. Hizo un brindis, por la Patria,
“y que los milicos se vayan a la puta madre que los parió”, así, textualmente, yo estaba ubicado en
la mesa larga frente a ella y por eso pude intercambiar opiniones y escuchar esto que le estoy
contando. Era la época de la más atroz dictadura que ha vivido la Argentina, obvio que ya lo sabe, por
la cantidad de exiiliados que andan por París. A propósito: ¿Habrá conocido a Magalí? Ella la habrá
buscado -no lo dudo- y es posible que la haya entrevistado. Si así fue, no pude saberlo, pues
nuestra generación se dispersó entre el exilio y el escondite o la auto-exclusión del mundo real y
concreto , ella perdió mi dirección y nunca más supe por dónde andaba, si por Barcelona-según me
comentaron conocidos comunes- o por Suecia, de acuerdo a un par de conversaciones que tuve con
R.P., un amigazo cuya familia fue perseguida por el criminal Astiz. Y digo las iniciales, porque aún
están – al cierre de esta carta que te escribo- ya va para un año que ha desaparecido Jorge Julio
López, un simple albañil que testificó contra el torturador Etchecolatz.
No sólo por la cuestión política es que traigo a colación otra vez a Magalí y por mi relación con ella…
no: me hace acordar al personaje de Los mandarines,Nadine, la que trasuntaba la misma frescura
juvenil que Magalí, ese mismo sentimiento de libertad, una libertad respirada, ansiada contra todos
los peligros. Y usted -de estar viva- no me hubiera aprobado esta larga misiva, plena de sucesos
confusos y apreciaciones estilísticas que usted no imaginó y sobre todo, de sobreimpresiones
textuales de su extensa obra. Y es un riesgo lo que escribo, porque uno nunca sabe, cómo va a ser
tomado por los lectores y más aún, por sus lectores, Simone. Ya que los pocos lectores que tengo,
ya conocen mis “inspiraciones” y no se verán sorprendidos. ¿Habrá encontrado a Magalí "en los cafés
de Montparnasse donde uno se emborrachaba con palabras y café con leche, en los ateliers con olor
a pintura al aceite, en los pequeños dancing donde oprimía entre sus brazos a la más bella de las
mujeres, Paula "? Usted se refería a ese otro personaje, Enrique, que ansía, sueña, con llegar a ser un
escritor. Y muchos soñamos, Simone, hasta yo que ahora
me he metido a escribir esta carta –relato con cierto sabor a nostalgia, mientras releo sus obras. Y me
digo qué narradora es Usted, que ha sido y será a través del tiempo, más aún entre tanta bazofia literaria
que nos inunda.
A lo mejor -o menos peor- Usted sí me hubiera aceptado esta larga misiva, mezcla de recuerdos y de
sucesos sociopolíticos, en la que en verdad también me dirijo a Magalí, porque no he sabido de ella en
forma directa, sólo informaciones confusas de terceros. De amigos o compañeras de estudios, que
también sufrieron persecuciones, muerte o exilio, en los casi catorce años que sumaron las dos
dictaduras - 1966-73/1976-83- sin contar el período de la Triple A, sobre todo en 1975.
Me conmino a dejar esta carta, para seguir leyendo su obra, que, sin duda, es lo mejor y lo subrayo
para que se comprenda mi idea. Con las disculpas del caso, porque Usted, querida Simone, no podrá
contestarme y ésta es mi ventaja. Sí aspiro en este doble juego de damas- Magalí-Simone, a que la que
fuera una compañera de combate lea esta carta y me identifique. Quisiera saber que está bien, en otro
tiempo y espacio de su vida, seguro con otro hombre o familia, tan sólo para saber y de algún modo
contarle que…
(de LA COCÓ CAMBÁ del OKEY CLUB, editorial Los Robinsones, 2008)