Horacio Laitano- MADAME DE STAEL
MADAME DE STAEL
- Buenas noches, Madame, está él.
- Buenas noches, Madame de Stael.
- Curiosamente, la noche se ha vuelto espiga. Largas
manos conversan con el aire, mientras libros y papeles se
acumulan en desorden.
- ¿Quién me asegura que ha llegado? ¿Acaso lo está-
bamos esperando? O es que aún buscamos las sorpresas
de la mente.
- ¡Por favor, señora mía!¿Qué piensa usted en noches
como ésta? ¿Lo mismo que sus magras muñequitas?
O prefiere agregar un comentario.
- Prefiero el silencio…Los puntos suspensivos o la
incertidumbre que he tenido siempre. Todos mis perso-
najes duermen días enteros para no ver el sol que acosa
las ventanas.
- Creo que es usted muy exagerada. No he visto nun-
ca un sol que nos acose ni una flor que nos disguste.
- En fin, dejemos el sol para mañana. He vivido tanto
entre las sombras que mis ojos ven más en la oscuridad
que en la luz que usted defiende.
(Se escucha la llegada de un jinete. Ambas piensan en
un caballo blanco y se dejan caer sobre la alfombra).
- Buenas noches , Madame de Stael.
- Buenas noches, Madame de Estael.
(De La Mandrágora Secreta)