Amalia Mercedes Abaria - Alauda
ALAUDA
La primera vez que vio una calandria fue el día en que, con sus primos, recorrió a caballo el campo de su tío.
Alguien gritó: ¡¡ahí está!!¡¡ miren, miren la calandria, sobre esa rama!!.
Cuando giró la cabeza , ya era tarde: la calandria había echado a volar y se alejaba hacia el horizonte.
Pasaron muchos años y Mario dejó de ser un niño y de visitar el campo de sus familiares. Concurría a un colegio religioso donde el latín era materia obligatoria y mientras los demás se dormían en clase, él se sentía feliz, feliz. Lo unía un afecto especial a ese viejo profesor que durante las clases intentaba, generalmente de manera infructuosa, hacer comprensible esa lengua.
Pero Mario ahora recuerda que ya en ese momento era diferente al resto de sus compañeros. No le molestaba la clase de latín; la esperaba ansioso desde la noche anterior. Y uno de los motivos era el libro que llevaba el profesor para compartir con sus alumnos en clase.
Durante largo tiempo Mario recordó el dibujo de la calandria en una página de ese libro y su traducción al latín: alauda.
Toda su vida había transcurrido en empresas, fábricas, oficinas. La vida de campo sólo quedaba como un recuerdo nostálgico de su niñez. Algo que flotaba en su cabeza siempre que se dejaba estar, cuando descansaba o momentos antes de dormirse.
Y ahora Mario está solo en el campo después de tanto tiempo. En ese mismo campo donde caminó y disfrutó años atrás. Su mujer había muerto y sus hijos seguramente estarían con sus propios hijos, con sus ocupaciones, con sus vidas.
Fue caminando casi instintivamente hacia la zona donde había visto esa vez primera una calandria, cerca de ese árbol que todavía se sujetaba a la tierra con vigor.
Sintió que sus pies tropezaban con un fardo o una rama en el suelo. Pero no, no era ni un fardo ni una rama. Era una calandria muerta. Yacía casi tierna, suave aún.
Se arrodilló a su lado y la acarició lenta, levemente.
Miró hacia el cielo y recordó aquella vez que vio volar una calandria hacia el horizonte.
Recordó también a su antiguo profesor de latín y entonces, Mario, con el rostro hacia el cielo repitió varias veces: Alauda, Alauda!
Amalia M. Abaria