Ignacio Giancaspro- La Casilla - 2da. parte
Del conventillo donde nací, me queda el recuerdo de unos formidables porrazos, contra las baldosas rojas del patio, para un día de reyes, al caerme de un triciclo muy inestable, con asiento de cesto, que después me cambiaron por un caballito hamaca de cartón azul con las crines de lana blanca y adornos dorados. Lo recuerdo bien porque era muy parecido a los de calesita, pero algo más chico.Me veo bajando de él, en el pasillo de arriba donde vivíamos, para entrar a las habitaciones de las vecinas, un par de maestras hermanas, para quienes yo era un especie de sobrino prestado, con quienes frecuentemente almorzaba.
Allí vivimos hasta yo cumplir los tres o cuatro años de edad, después nos mudamos a la casa antes mencionada.
La casa estaba ubicada en la cortada de Viedma, y descansaba sobre el paredón que limitaba un inmenso baldío. Construida de material y con detalles de cierta elegancia, como los arcos de las ventanas, la puerta del zaguán de reja artística y vitral, balcón y terraza con glorieta y parra de uva moscatel. Esa terraza era un verdadero jardín, de maceteros con malvones y jazmines, desde donde se tenía una hermosa vista panorámica del puerto, con el puente de fondo, que se recortaba como un inmenso mamut contra el cielo del ocaso cuando el sol bajaba lentamente hundiéndose en el río. Después el Lucero, anunciaba la llegada de la noche, y ésta llegaba con sus mejores galas, una infinidad de estrellas. Las miradas de la noche me sobrecogía el alma. De espaldas sobre el suelo me sumergía en ese abismo vertical que me llamaba y donde ocurrían historias fantásticas donde siempre por azar e irremediablemente me transformaba en héroe. Ya no se ven estrellas como aquellas, gracias a la humareda diabólica que hemos inventado.
La casa era la bacana de la cuadra, porque el resto de ella eran cuatro conventillos de madera edificados sobre una sola mano. En la vereda de enfrente no había casas, solo un enorme depósito de hierro de Descours & Cabout y una pequeña central eléctrica de la Italo. Del depósito entraban y salían las chatas cargadas de hierro y tiradas por tres percherones inmensos. Pero la cuadra era tranquila , solidaria y alegre, como un patio grande donde para las fiestas algunas familias, armaban las mesas en la calle donde comían, se divertían y bailaban, convidando a los que se acercaban. Para año nuevo, recuerdo que terminábamos de cenar, antes de las 12, mi padre también del mismo pueblo marino que mi abuelo, fumaban tranquilamente en el patio damero de baldosas blancas y negras, charlaban, de distintas cosas, lo hacían en voz baja, no en secreto, pero en voz baja, de pronto, callaban y escuchaban atentamente, en un silencio cómplice con el barrio, porque los ruidos disminuían misteriosamente. Por unos instantes sólo se escuchaba el estampido aislado de algún cohete, y las voces de algunos chicos jugando. De pronto un sonido agudo, casi inaudible y prolongado desataba la fiesta, le seguía enseguida la pitada de un remolcador, e inmediatamente se sumaban otros, junto con la voz gruesa, alta o grave de los barcos mayores, todos con distintos ritmos, mientras papá y el abuelo competían en la identificación de los barcos por el sonido de su sirena. Era un concierto increíble, casi extraterrestre. Y el barrio estallaba de alegría, matracas, pitos, estruendosos fuegos, y globos de papel que a veces se incendiaban en el aire. Así llegaba el año nuevo. Entre besos y abrazos fuertes, de mamá y abuela. Ah!... y sus lágrimas.
Algunos días después comenzaban los ensayos para el Carnaval. Uno de los conventillos de la cuadra oficiaba de sede virtual de La Castaña, una comparsa de genoveses, o sea los “xeneizes” raza itálica la más numerosa de la Boca, junto con los sicilianos, y puglieses que cuando intentaban hablar entre ellos, no se comprendían, tan enrevesados son sus dialectos, que eran entre sí forasteros siendo compatriotas. Volviendo a los carnavales, una vez por semana se reunían en ese lugar los componentes de la comparsa, para ensayar las canciones y músicas que habían compuesto. Los vecinos participábamos de las alternativas de los ensayos, las interrupciones, correcciones, las broncas y los aplausos, la pizza y la cerveza. Algunos de los músicos eran notables, había bandoneones, acordeón y guitarras, y completaban la orquesta los instrumentos de percusión, bombo, martillos, zampoñas y pitos. El primer día de carnaval, los vecinos observábamos los preparativos inaugurales. Los integrantes de la comparsa cambiaban sus ropas por el uniforme de la misma :pantalón, faja y corbata marrón de seda, camisa blanca y gorra capitana, luciendo una castaña de seda en la frente. A medida que salían, iban ocupando su lugar en la formación y ensayaban acordes o pasajes, o corregían las afinaciones de los instrumentos, ante las miradas expectantes del barrio, porque todo aquello formaba parte del espectáculo, que era patrimonio de la gente del lugar. Una vez que el director consideraba que estaba todo listo, al tercer llamado de su silbato, arrancaba la orquesta, y la comparsa a cantar en medio de aplausos y gritos de bienvenida. Como las canciones eran en genovés, muchos no entendíamos lo que decían, pero se deducía que por lo menos eran “picarescas” a saber por las miradas cómplices de las mujeres, que ocultaban su risa o su sonrisa con la mano y ladeando la cabeza. Así desgranaba su repertorio, La Castaña, como homenaje a la barriada que la había acompañado con su presencia y con cerveza. Los nombres de otras comparsas eran curiosos e interesantes, Salamín senza piolín, también italianos, llevaban un enorme salame sobre un camión, indudable símbolo fálico, que ahora que lo pienso bien era la expresión ancestral típica de los pueblos del Mediterráneo de deidades soterradas en el inconsciente colectivo. La del Bar Oriente, ¡era genial! todos los años presentaban un espectáculo diferente entre teatral cómico y circense. En una oportunidad armaron sobre un camión, un quirófano, ni que decir la imaginación demostrada en el atuendo de los que hacían de médicos, el energúmeno que hacía de paciente acostado en la camilla profería unos gritos mientras levantaba una pierna y los médicos que lo operaban, sacaban largas tiras de chinchulines, chorizos morcillas etc. que después asaban y compartían con el público. Y… la Debilidad de La Boca, unos ursos de piernas velludas disfrazados de colegialas, con unos guardapolvitos de minifalda, labios pintados, cofias, guitarras y alguna guasada de paso. Indudablemente esos carnavales eran más creativos que los actuales, en una oportunidad apareció una carroza muy bien adornada con gente luciendo unos disfraces costosos arrojando serpentinas y enmascarados con antifaces variados de seda y máscaras venecianas. Causaba asombro y misterio verlos pasar. La gente aplaudía con admiración y respeto.
Esa era la parte linda o por lo menos simpática de ese barrio.Pero también estaba la otra, la cara triste. El conchabo, y la inundación.
(Próximamente continuaremos con esta crónica del Barrio Porteño de La Boca)