Irene Marks -Burbuja Resonante (cuento publicado en antología de la editorial de los Cuatro Vientos)

Publicado en por todaslasgalaxiasnarrativa.over-blog.es

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La nave estaba llegando, la veía allí  donde la piedra era grande y roja. Doña Matilde ya estaba vieja,  pero le gustaba ver la nave año tras año para el solsticio de verano.

“Dicen que esta era fecha sagrada”, le había dicho Don Casimiro, su marido. El año pasado se había enfermado y al poco tiempo había muerto. Mucho habían tardado en enterrarlo. Mucho. Porque el pueblo estaba lejos  y las casas también .Un paisano la había auxiliado, la había ayudado a ir al pueblo con el cuerpo de Casimiro. Suerte que el tiempo estaba seco. Todavía no había bajado el río de la montaña. Bastante le costaba regar la quinta, tenía que ir al chorrito. Hasta un kilómetro caminaba, y ella tan vieja que las piernas se le doblaban con el balde. Don Casimiro sabía decir que conocía la tierra y la tierra le respondía.

 “Así debe ser, nomás. Naides ha podido sacarle jugo a esta tierra, excepto el Casimiro, y solita no me basto. Me está costando.,”doña Matilde cavilaba tristemente.

Se había vuelto después del entierro, que le había dado el municipio. Allá en el cementerio de ellos, ya se sabía. No recordaba dónde pero sabía que no era ahí donde debía estar el Casimiro. Allá en la época cuando había caballos habían muerto su Tata, su Mama, conocedores ellos de las cosas profundas. Habían muerto y los habían enterrado allá, lejos, en el lugar donde siempre dormían los antiguos. Había palabras que les habían dicho. Pero eso se había perdido Palabras. No las sabía ahora. Ni ella ni nadie. Se habían ido también los que decían las palabras. Y los hijos se habían ido. Había que entender, poco había aquí para ellos, sus cinco hijos varones y su hija mujer. Se habían ido allá lejos, donde Doña Matilde nunca había ido. Y sabía que ya no volverían.

 “¿Pa´qué van a volver? Ni agua puedo darles”, se dijo.

La tierra sabía ser buena en otros tiempos, sabía ser amiga. Debía ser que nadie ya decía las palabras, nadie llamaba a la Pachamama, sólo en las fiestas así, pero ya no sabían decir las palabras, ya se habían olvidado- Ella tampoco sabía. Pero trataba de acordarse. Hacía las ofrendas. Trataba de no ofender. Claro, las palabras, las palabras ya no se las acordaba.

Y el Casimiro tenía la bendición. Era la bendición propia de la Pachamama porque a él todo le crecía, para él llovía , para él caía el agua brillante brillante. Casimiro había sido un buen hombre, suerte había sido la suya, Matilde conocía su suerte. Y muchas noches habían dormido abrazados bajo las mantas, enredadas contra el frío, mirando por la ventana las estrellas. “El color de las estrellas, pa´que no las olvidemos”

El Casimiro  conocía los pagos, la tierra y los cielos. “Por eso  nos visitaban, por él venían.”, se dijo Doña Matilde

Cuando veía la nave decía “Fíjese, nomás, mi Matildita, cómo vienen aquí. Saben que no hay maldad, que güena gente hay, eso saben.”

Pero ahora, ahora... solita ahí, y la nave, bueno...querían ver también a la Matilde, pensó.

Una vez le habían contado lo de la nave  a unos paisanos del otro lado, el Jacinto y la Luisa, jóvenes ellos, con hijos. Todos iban a la escuela, los hijos, todos con zapatos. Pero el Jacinto y la Luisa decían  que el Casimiro y la Matilde se estaban engañando, que les habían hecho un mal. Que eso era mentira, mentira solamente.

Doña Matilde estaba ahí adentro, asomadita a la ventana, cerca de donde estaba la nave. Entonces lo escuchó: la voz del Casimiro “Matildita, no se me asuste” y se quedó tranquila.

Ahí junto a las piedras, luz, mucha luz, como todos los años. Parecía que las estrellas entraban en la casa. Matilde se quedó dormida, dormida...

Sabía que el Casimiro estaba allí  llamándola. Sabía que estaba donde tenía que estar, volaba, pronunciaba las palabras, la Matilde se acordaba... ¡se acordaba!

 

 

II

El paisano venía una vez por año. Tenía que hacer por ahí, les vendía al Jacinto y la Luisa. Paraba siempre en el rancho del Casimiro y la Matilde.

Seco estaba el cuerpo bajo las mantas. El paisano no podía entender cómo no tenía mal olor.

Lo que no entendía tampoco era el verde verde de la tierra allí donde las grandes rocas proyectaban su sombra, el arroyo cristalino, todo el maíz de la huerta  del Casimiro.

Lo que no entendía era la cara de la Matilde, toda sonriente  estaba. Como dormida.

 

 

 

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I
<br /> Querida Irene he vuelto a leer este hermoso cuento.<br /> Es de una belleza conmovedora<br /> <br /> <br />
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H
<br /> Querida amiga: me alegra que difundas tus hermosos cuentos a través de tu nuevo blog. Es una razón más para visitar Todas las galaxias.<br /> Renuevo mis felicitaciones por tu infatigable trabajo.<br /> Cariños<br /> Horacio Laitano.<br /> <br /> <br />
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