Ignacio Giancaspro- La Casilla (parte 1)
Nosotros no vivíamos en un conventillo. Vivíamos en la casa que había hecho construir mi abuelo Luigi, ahorrando hasta el alma y trabajando extras inauditas en la Rosario, una lancha carguera de la compañía Mianovich, donde se desempeñaba como “patrón”, función que se ejercía por condiciones naturales de mando, disciplina y práctica marinera, y Luigi sabía algo de eso. Navegador temprano y también náufrago a los doce años, del Adriático y de ese marcamino que llaman Mediterráneo. Esa función era similar la del Capitán de Cabotaje, es decir la autoridad máxima e indiscutible para las embarcaciones mercantes mayores de río y con movilidad propia. La Rosario no, debía ser remolcada, este tipo de embarcaciones eran utilizadas para trasladar la carga entre el puerto y los buques de mayor porte y calado que no podían entrar al mismo. Quinquela Martín supo narrar bien en sus cuadros el espíritu del puerto, sólo les falta el sonido. Porque la fiesta empezaba temprano en la mañana, a eso de las siete, con el rugido de los motores de los remolcadores, sus pitadas estridentes, voces, saludos, gritos, imprecaciones y carcajadas, todo con mate cocido y galletas. Todo mezclado. Y los hombres también. Paraguayos, italianos, correntinos, yugoslavos y polacos, se disputaban los tablones, los turnos, y compartían el descanso y su comida. Españoles casi no había en los menesteres del puerto, ellos se dedicaban más al comercio, almacenes, bares, confiterías, mozos ó porteros.
Entre los 11 y 12 años trabajé como dependiente en un comercio dedicado a la venta de café. No porque necesitara trabajar, simplemente por disciplina familiar, cultura del trabajo que le dicen. Esos conchabos cortos de algunos meses de medio día —porque además, estudiar sí era obligación — los conseguía mi mamá Justina, también venida de Italia con su madre, mi abuela Susana, las dos solitas, mamá tenía sólo 5 años. La cosa del trabajo era “por las dudas”, “los chicos no deben estar ociosos”, vigilar “las compañías” “que sepa ser útil para él” “uno nunca sabe…” era su filosofía hormonal.
La Planta de Café de Saavedra y Paulos, rezaba el cartel fileteado sobre la vidriera de la calle Del Crucero casi esquina Olavarría. Insólita sociedad entre un catalán y un gallego. ¿Discusiones? ¿Diferencias? ¡Nunca!... esa casa era un templo de honestidad y respeto. Saavedra, alto, erguido, abundante pelo blanco y ondeado, gesto adusto, pocas palabras, catalán y casi siempre de mal humor, con las manos cruzadas a la espalda. Paulos, bajito, rechoncho, calvo, parlanchín y gallego, juntaba cuanto grano de café crudo caído de las bolsas de exposición con las manos, en un gesto casi de amor y delicadeza que conmovía, no podía barrerlos impunemente. Él me enseñó a “torrar” el café en una paila de hierro calentada a fuego de leña, en un escondrijo oscuro y secreto. Nada, más parecido a una operación alquímica, en la que el humo perfumado por el aroma del café recién tostado prendía en mi por un instante, la simiente de un futuro Nostradamus, Flamel o Paracelso. Al poco tiempo conocí a su hijo. Por casualidad éramos compañeros de clase en el Joaquín V. González. Cuando iba a visitarlo, su madre, una gallega gordita y simpática, me recibía siempre de la misma manera. ¿Cómo? No has traído el pandeiro… ¿Cómo vamos a bailar y cantar entonces? y a continuación “Ven hiju” ¡mira qué linda tierra es Galicia!, y me mostraba unas fotos de su tierra, pero era poco el paisaje que podía verse en unas fotografías en blanco y negro sacadas con máquina de cajón, y a continuación “¡mira qué chicas guapas!”, me enternecía su nostalgia y su inocencia, “debes conocer Galicia”. Y sí, es una deuda todavía pendiente, con la vida.
Después, con el tiempo, de compañeros de clase, pasamos a ser amigos. Por él supe que era su tío, el coautor de ese hermosísimo tango, “¡¡¡INSPIRACIÓN!!!” de Paulos y Rubinstein como repetía invariablemente el locutor que lo anunciaba. Es decir un gallego y un judío autores de una de las mejores muestras de nuestra música.
Nosotros no vivíamos en un conventillo, pero yo sí había nacido en uno de la calle Suárez, al lado del club El Trapito, a la vuelta de la cancha de Boca. Era el típico conventillo de ese barrio, de madera y chapa. Porque había otros que eran antiguos caserones que albergaban numerosas familias, como el famoso de Las Catorce Provincias cuyo nombre anunciaba la diversidad de la composición étnica de las más de cuarenta familias que lo habitaban. Los de madera en cambio estaban destinados a cinco o seis, a lo sumo hasta diez familias, que era lo menos frecuente. Habían sido construidos como una respuesta precaria a la demanda de vivienda, producida por la ola inmigratoria de fines del siglo XIX y principios del XX. La estructura básica era la de un patio generalmente cuadrado, rectangular o con una figura geométrica parecida que permitiera el terreno donde se asentaba, y rodeado por las construcciones de madera, destinadas a las habitaciones, y muchas escaleras, porque todos estaban hechos en dos plantas. Los piletones se elevaban sobre una losa de hormigón en el medio del patio, porque los servicios de agua, baños y letrinas eran comunitarios y estaban separados. Los techos y paredes exteriores se cubrían con chapas de cinc onduladas que luego se pintaban, en algunos, generalmente habitados por marineros italianos, los colores eran varios, por la sencilla razón de que la pintura utilizada era el remanente de la usada en los barcos, entonces cuando no había más,… ¡no había más! y a cambiar de color, aunque también podía ser la manifestación de un primordial e inconsciente sentido artístico. Sea como fuere, conjuntamente con la exhibición de prendas de interior, sábanas, servilletas, puestas a secar colgadas de una soga tendida de ventana a ventana, y alguna macetita con plantitas y flores, el resultado era una alegre combinación, que ayudaba a vivir.
La estructura de las casas estaba montada sobre unos pilotes de madera, cilíndricos, clavados en el suelo, dejando un espacio entre éste y el piso de la primera habitación, con el objetivo de evitar la entrada del agua a las habitaciones durante las inundaciones, pero muchas veces era insuficiente dado el reducido espacio que quedaba, que solo servía de madriguera para roedores, y juntar basura. Otras eran más grandes y servían para guardar materiales y herramientas, ese lugar o espacio era “la casilla”, también las había de mayor altura, alrededor de los dos metros, y a veces el dueño del conventillo, olvidándose de las inundaciones, decidía hacerle paredes, colocarle puertas y transformarla en un nuevo “departamento”, que alquilaba más barato. En una de esas vivían los Padvalskis, una familia lituana que mandaba a su hijo, Vicente, al colegio salesiano San Juan Evangelista, donde nos conocimos. (continúa en la parte 2 esta historia del barrio porteño de La Boca)